Paqui Martínez.

Hace unos días entraba en esta maravillosa ciudad, tras una semana de camino, con una pregunta en mi cabeza ¿quíén bautizó con ese nombre al Monte de Gozo? ese mirador natural que abre paso al peregrino a la anhelada ciudad que lo acogerá como destino final de su camino. No era gozo precisamente lo que sentía en ese momento, nisiquiera satisfacción por superar un reto que hasta hace unos años, físicamente , para mi era inalcanzable. Por un momento pasaron por mi mente todas la vivencias del camino, un peregrinar en el que los escasos e imprescindibles objetos que te acompañan dejan de tener importancia para centrarte en las personas y en los momentos, dos elementos que adquieren una nueva y magnificada dimensión. A cada paso que doy en dirección a la ciudad todo queda atrás, es el final.

Ha sido un viaje introspectivo, cada persona que se cruzó en mi camino me ha enriquecido, cada momento a solas con la exhuberante belleza del paisaje gallego, expuesta a los elementos, me ha puesto en el lugar que me corresponde en este mundo. He llegado a empatizar con esas vacas que pastan y pacen en esos verdes prados, ámbas nos mojamos con la lluvia, sufrimos un sol de justicia o sentimos como el viento nos corta la piel, pero en mi caso siempre caminando.

Llegué a Santiago, acompañada de una peregrina-compañera que desde que tuve la inmensa suerte de coincidir con ella en esta aventura se ha convertido en mi gran amiga, una de las grandes riquezas que me ha proporcionado el camino, ámbas compartiendo ese momento en que la ciudad te envuelve; y es que Santiago de Compostela es esa ciudad abierta, donde nadie se siente extraño.

Hoy, cuatro días después de mi llegada, me encuentro sentada frente a la Catedral, miro a mi alrededor y me despido de esta ciudad con el mismo sentimiento que provocaba su visión desde aquel Monte de Gozo. Atrás quedan mis paseos entre piedras centenarias llenas de historia, a las horas compartiendo risas, tapas y “viños” con los peregrinos que a estas alturas ya han vuelto a sus lugares de residencia.

Hoy dejo atrás algo más que una ciudad, me desprendo de muchas cosas que pesaban en mi alma, vuelvo limpia, como las aguas de esos “regatos” que crucé en mi camino, impregnada del duende de una tierra y de su historia que ya es la mia.

Artículo publicado el 4 / julio / 2017. En la categoría: ColaboradoresEn la categoría: Paqui Martínez.