Lola Gallego.

Un sabio fue visitado por un amigo que se puso a hablar mal de otro amigo del sabio, y este le dijo: “Después de tanto tiempo, me visitas para cometer ante mí tres delitos: primero, procurando que odie a una persona a la que quiero; segundo, preocupándome con tus avisos y haciéndome perder la serenidad; y tercero, acusándote a ti mismo de difamador y malaje”
Se veía venir, tarde o temprano iba a llegar, lo sabía, sólo era cuestión de tiempo. Lo que ignoraba era la burda manera en que se presentaría, la forma tan cínica e hipócrita de quitarse públicamente la máscara un amigo. De la amistad y complicidad, o eso creía yo, pasó al rencor y nació el odio, de ahí a la difamación, la calumnia, el chisme y la alegría extrema que experimenta un individuo cuando hace daño ajeno, más aún, si es gratuito.
Dice mucho de una persona por como trata a sus amigos y los defiende a sus espaldas, pero se define mucho más, se autorretrata completamente desnudo, en su grandeza o en su bajeza, en su nobleza o en su mezquindad, sobre todo por como habla de sus antiguas amistades y de sus enemigos. Quien difama, acusa con mentecatez, inquina y maldad, es de las personas que más debemos alejarnos.
Cada vez que nos comportamos con honestidad, podemos distinguir dónde se esconde y enmascarada una mentira insidiosa. Un capítulo menos en la leyenda negra, tan falaz como voluminosa, valga la antítesis, pues no siempre una mentira se convierte en realidad, por muchas veces que se repita si sabemos desenmascararla y con habilidad la descubrimos. Y lo peor, a mi entender, no es la mentira. Lo que más me indigna es, que instala una confusión mental y difunde alrededor de otras personas una neblina de dudas, porque si no se admite que hay juicios falsos, tampoco se sabe ya qué podrán significar los verdaderos.

Difamar es de lo más injusto, es decir, “con mentira”, cosas “falsas” o medias verdades de alguien que no está presente para perjudicarlo y la cumbre de seguir el susurro del diablo es la calumnia. Aquí todo es mentira. Y si el difamador se arrepiente de lo que hace, que dudo mucho, debería restituir la fama a aquel al que se la quitó, en público ante quien lo dijo, pidiendo disculpas por su propagación. Y el que escucha, de darse cuenta, debe solicitar reparación a aquel que difamó, diciéndoselo, o diciéndole que no le cree, que no piensa que sea así, y guardándose de acercar el oído cuando se está hablando mal de otro aunque, sin llegar a ser calumnia, sea difamación o murmuración. La negatividad y veneno que se nos inocula, es luego difícil de extirpar. La difamación no puede destruir a una persona honesta, porque cuando la corriente se detiene, la roca debe seguir ahí, magullada, pero entera, o así debiera ser.
Y sí, SR. .. ……, va por usted que está leyendo esto, aunque no se sienta aludido, que ni conmigo ni sin mí, tienen sus males remedio. Difamar es la venganza de un cobarde, la disimulación de su defensa. Y si me quiere comer: ¡Que me disfrute y buen provecho! pero deje de invitar a más comensales, que yo no doy para tanto, ea.

Artículo publicado el 1 / febrero / 2015. En la categoría: ColaboradoresEn la categoría: Lola Gallego
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