Paqui Martínez.

Siempre con el tiempo justo, la cita era a las doce y media y son las…. busco en lo más recóndito de mi bolso el móvil, pienso mientras tanto en ese extraño e inexplicable fenómeno que hace que las llaves y el móvil siempre se encuentren en el fondo de cualquier bolso, por fin lo encuentro….doce y ventisiete, subo las escaleras a toda prisa, recorro el pasillo hasta la zona de espera, mi respiración acelerada, la sala llena, pregunto qué hora tiene el que está dentro de la consulta, y cuarto, me contesta una señora, expiro el aire contenido, y al tratar de recuperar el aliento, mieeeedo, la sala de espera de mi médico parece la Malagueta en una buena tarde de toros, hay tantos pañuelos como asistentes y yo me siento como el torero, no sé cómo acabará la tarde.

Ahora tengo una difícil decisión, ¿donde me siento? soy consciente de que estoy rodeada, el peligro que me acecha es el virus de la gripe, aqui tiene que haberlo de todo tipo, el A, el B ¡El abecedario completo! Y yo me siento como un folio en blanco, yo vine aqui a un control rutinario de un medicamento, estoy sana. Mejor me quedo de pie junto al ventanal mientras observo el dantesco panorama, toses, caras de cansancio, penosos niños en los brazos de sus madres y a mi mente llega mi imagen frente al espejo de mi última gripe, desfigurada, con los ojos y la nariz hinchada que parecía que había pegado la cara a un cristal, hablando de cristal, me vuelvo súbitamente hacia la cristalera, alguien ha invadido el perímetro de seguridad que mentalmente he establecido, ya no sé donde meterme, me siento la única manzana sin mancha del famoso cesto.

La pesadilla duró escasos veinte minutos, para mi eternos, y por fin salí por la puerta del centro de salud con la duda de si iba sola o mal acompañada del maldito virus, pronto lo sabré…

Artículo publicado el 12 / enero / 2018. En la categoría: ColaboradoresEn la categoría: Paqui Martínez.